El arte de construir puentes nace cuando al hombre prehistórico se le ocurrió un día derribar un árbol para que al caer enlazara las dos riberas de una corriente sobre la que deseaba
establecer un vado. La genial ocurrencia le eximía de esperar a que la caída casual de un árbol le proporcionara un puente fortuito. También utilizó el hombre primitivo losas de piedra para
salvar las corrientes de pequeña anchura cuando no había árboles a mano. En cuanto a la ciencia de erigir puentes, no se remonta más allá de un siglo y nace precisamente al establecerse los
principios que permitían conformar cada componente a las fatigas a que le sometieran las cargas.
El arte de construir puentes no experimentó cambios sustanciales durante más de 2000 años. La piedra y la madera eran utilizadas en tiempos napoleónicos de manera similar a como lo fueron en
época de Julio César e incluso mucho tiempo antes. Hasta finales del siglo XVIII no se pudo obtener hierro colado y forjado a precios que hicieran de este un material estructural asequible y
hubo que esperar casi otro siglo a que pudiera emplearse el acero en condiciones económicas.